Si nos sentamos en una banca a contemplar el curso de la historia pasar por al frente de nuestros ojos, veríamos que en los últimos 30 años los cambios en la tecnología y comunicaciones han sido explosivamente mas acelerados que el ritmo recurrente del curso histórico. Como si la historia fuera una sinfonía que concibió su ritmo en un braudeliano longue durée y de repente, Oberture 1812 de Tchaikovsky y las estructuras temporales comienzan a resquebrajarse.
En este sentido se va instaurando
un nuevo compas de vida, explotando informáticamente eventos simultáneos que
están integrados en nuestra productividad, demandando en nosotros dimensiones
que no podemos alcanzar. La integración visual del sistema-mundo de Wallerstein
a través de dispositivos móviles y redes simultaneas de información in situm.
Estímulos que saturan el tiempo, lo aceleran, lo rentabilizan. En esos
encuentros en el parque durante la universidad, me preguntaron porque usaba
reloj de pulsera si podía ver la hora en el celular, que, en el fondo, era un
bien ya innecesario. Le dije que cuando quiero saber que hora es, solo quiero
eso. Saber que hora es. No quiero saber quien público algo, quien me contesto,
que subieron a la web o cuantos grados hay en este momento. Me llama a entrar a
esa multitemporalidad. Yo solo quiero saber la hora. Ahora miro hacia atrás y
me sorprende que en esas condiciones y con un vaso plástico en mi mano llegara
a tal nivel de reflexión y respuesta.
Hoy pensaba en un amigo que dejo
este plano terrenal. El cáncer tal como lo bautizo la ganadora Pulitzer
Siddhartha Mukherjee “El emperador de todos los males” siento que me
declaro la guerra de manera personal. El deterioro y el fin de su existencia
resulta paradójico frente a su infinito legado y sabiduría. Esa muerte temporal
puede leerse de manera científica, como el fin de la historia. El fin de la
película, por buena que fuese, no habrán segundas partes. Y por el lado de la
religión, podemos prolongar la existencia por siempre en otros mundos o, desde
una mirada más bien budista, unirnos y hacernos parte del ciclo constante de la
vida de la naturaleza.
En este ritmo temporal
estrepitoso la partida de un ser como mi amigo Pepe, educador y activista
político me hizo pensar en su legado lleno de sabiduría y conocimiento. Un
profesor que se proponía desarrollar más la virtud que la moral, entendida como
la explica Gastón Soublette en un documental sobre su persona. La virtud es
algo que se mantiene, que no va a cambiar bajo ninguna circunstancia y son aquellas
cosas que debemos cultivar para transformarlas en duraderas, en virtudes. La
moral puede cambiar según las circunstancias, no es duradera. Esto no quiere
decir que una sea buena y la otra mala, sino que en la virtud hay una percepción
de la transcendencia. A propósito, Soublette y el Pepe pertenecen al mismo
grupo de personas y eso me hace pensar que hay muchos mas. Personas
multidireccionales, con múltiples vidas y caminos que complejizan el definirlos
con el lenguaje verbal. Son seres atemporales. Su existencia es independiente
del paso del tiempo o los limites temporales. Tienen un dialogo horizontal que
quiebra toda la verticalidad impuesta a través del sistema mundial capitalista.
Son los sabios de las tribus. Aquellos que prestan consejo y forman un camino a
través de su praxis, de su acción y palabra. El encuentro con ellos rompe con
Tchaikovsky. Viven su tiempo y comúnmente son contrarios a la vorágine
neoliberal actual. Sus actos, sus palabras, sus acciones nos invitan a escuchar
un ritmo anterior, un ritmo diferente que no quiere ser absorbido por esta
bulla de sonidos.
No tiene que ver con personas
sabelotodo o grandes doctorados que escriben tratados que perduran en el
tiempo. Hablo de seres humanos sabios a la hora de vivir y por, sobre todo,
convivir. Siguiendo al escritor argentino Sergio Sinay, su saber es construido
en base el procesamiento de experiencias que cruzan sus vidas. No es el
conocimiento que entra a través de la información y el aprendizaje de técnicas.
Es un proceso de búsqueda interna. Se avanza a través de las intuiciones, las
exploraciones, los dolores, las penas, las dudas y la experiencia de la vida.
El pepe es un ser intemporal. Su
legado trascenderá a través de la búsqueda de aquellas virtudes que tanto
cultivó. Pienso que sus existencias se adhieren a la vida de quienes son
tocados por ellos o ellas. Para mí él se adhirió a unas líneas de Gustavo Pena
que me hacen buscar su rostro gentil:
Tiene una mirada ebria de
palabras y poesías
Bajo un cielo claro de un
pueblito por ahí
Matías Martínez
Morales 24 de Agosto, 2020

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