Voy a hablar desde la memoria. Sin
punteo, ni citas interesantes que interponer. Sin hipertextos ni apuntes a mi
lado. Sin la torre de libros con marcadores improvisados y notas en hojas
intercaladas aleatoriamente entre páginas. Sin pestañas en el navegador.
Desde que tengo conciencia supe de
la dictadura. Nunca buena. Siempre mala, dolorosa, cruel. La verdad no puedo
rastrear ese preciso momento donde asimile el concepto, el hecho histórico. Lo
intento sin resultados. En esta arqueología de la memoria es difícil encontrar
este hecho puntual. Lo que veo es un infinito de pistas, de relatos, de guiños,
de momentos que me familiarizaron con la dictadura y que se hacían presente en
mis días de infancia noventera.
Mis papás me contaron lo que
paso. Me contaron altiro, así lo siento. Hablar de la dictadura es hablar de
sus vidas. Participantes de colonias urbanas ambos en su juventud, por ahí se
conocieron. Bueno mas bien mi papá conoció a la hermana de sus amigos y aquí estamos.
Que este hablando desde la memoria de la dictadura sin haberla vivido es
gracias a sus historias, sus recuerdos, sus anécdotas que se hicieron mías, se
fundieron en mi relato y permearon lo que yo iba a entender hoy por pedagogía.
Es responsabilidad de ambos y
agradecido siempre, pero el que era político era mi papá, el Tito. Hombre
noble, humilde y cortes. De raíz católica y fuertemente influido por una
especie de teología de la liberación. La patota la conformaban 5 amigos, mi papá
y mis 3 tíos por parte materna. El quinto integrante era el Chino. Recuerdo que
en el silencio de mi pieza, mi mamá me conto que era el mejor amigo de mi papá,
su compa.
Al Chino lo mataron en dictadura.
“Nunca se va a votar en esta casa
por la derecha”. Una cita que tengo marcada en mi infancia. Los fines de semana
en la mañana eran de música, un día mi mamá otro día mi papá. La primera me
enseño la belleza de la tan extensa música de los 80. Los hits de Soda Stereo y
las mejores canciones de Virus. Mi viejo era algo diferente, Víctor Jara,
Quilapayun, Inti-Illimani, Santiago del Nuevo Extremo, Patricio Manns, Silvio Rodríguez,
Sol y Lluvia, Illapu, Mercerdes Sosa. Si mi infancia fuera una película, esa
parrilla seria la mayoría del Soundtrack, canciones que tienen aroma y color.
Me las se de memoria, el pueblo unido, el cigarrito, y va a caer y tantas otras. De hecho, cierro los ojos y puedo observar a mis tíos junto a mi papá. En uno que otro 18 que salió bien, donde los veo reírse, colorados tomando ron con Coca-Cola. Ahí aparecían las anécdotas. Como cuando mi tío, que es profe, en vez de tirar los panfletos, tiro las pruebas de su curso y tuvo que recogerlas agazapado y lo más rápido posible. O cuando andaban los milicos buscando al negro Tito. O cuando se curaron raja tomando navegado en la capilla de la población. De las acciones no se hablaba. Todas esas anécdotas ocurrían en Pudahuel, comuna donde crecí, un privilegio musical. Digo esto por la enorme dicha que me causaba escuchar el Largo Tour de Sol y Lluvia y pensar que suerte vivir en este lado de la periferia. Que bacán que canten de nosotros.
Mi familia era un núcleo bien humilde.
Digo humilde en vez de pobre porque tampoco quiero que se sientan mal mis papás
si leen esto algún día. Ocasiones especiales tenían que aparecer para que comiéramos
comida rápida, eso sí, nunca el Mc Donald. Como tampoco nunca películas Disney.
En conversaciones en la universidad me di cuenta de que no había visto casi
ninguna película del Castillo norteamericano y me siento realmente agradecido de
ese gesto.
Una notable negatividad hacia lo
proveniente del norte de nuestro continente marco mi infancia pudahuelina. “A
los gringos diles yankis", son los buenos en las películas, pero en la vida
real son los malos. No sé si alguna vez me lo dijeron así, pero así lo entendí y tenían razón.
Hablar del 11 es hablar de mi
familia. Es hablar de crecer en Pudahuel, de escuchar la nueva canción chilena, de ir a colegios públicos porque por la educación no se debería pagar. Onces y
sobremesas donde se hablaba de política, de lo que paso. La pena y el dolor no iba
tan ligada a la represión y sus cicatrices, Tenian que ver con la
pobreza en su niñez y juventud, una pobreza dura y cruda. Un mundo hostil para
un niño o una niña. “No había que comer”, “que echarle a la olla en esos
tiempos”. Todo eso fue formando mi relato político, mi visión política. Que se
forjo en la intimidad de mi familia y donde la escuela no aporto mucho o mas bien nada. La dictadura no se hablaba en el colegio. En el liceo conocí un poco
más, no tanto por mis profesores, sino mas bien por mis compañeros. Porque había
que aprender el momento lo solicitaba, era el 2006 y nos tocaba ser la
generación perdida (¿Para quién?). Aprendimos de la dictadura en la toma, en la
marcha, leyendo panfletos y pancartas. Preguntando.
Yo creo que por eso insisto en
que la escuela debe hacer suya una pedagogía de la memoria. Cuando llegue a
trabajar a la Villa Francia como profe de historia era un sueño para mí. Me
dieron las libertades soñadas: actividades transversales, conversatorios,
afiches, recorridos patrimoniales por la población. Hicimos de todo con mis
colegas. Hasta aparecí en el diario explicando como enseñábamos el 11 en
nuestras aulas. Aunque eso me trajo consecuencias. Siempre me dijeron que “cuidara
la pega”, que hablar del golpe me iba a traer consecuencias.
Nunca les dije que las consecuencias las vivo
desde el primer día de mi vida.
Quiero terminar diciendo lo que
no es políticamente correcto. Que los y las profesoras de historia que no
intentan hacer algo para el 11 son cómplices en primer grado del olvido. Porque
la memoria es nuestro trabajo, es lo que nos hace importantes. Es lo que nos diferencia
de otras asignaturas. La memoria es nuestro curriculum, nuestro plan de
estudio, nuestro compromiso ético y moral con el educando. Los niños y niñas de
este país tienen derecho a saber y, cada docente tiene el deber de tomar una
posición moral y ética frente a 17 años de historia, donde el tejido social y el
sentido de unidad nacional se hizo pedazos en cuarteles secretos y gritos de
dolor, donde rostros vendados y fotografías en blanco y negro nos exigen, mucho
más hoy que otros días:
memoria, justicia y verdad.
Matías Martínez
Morales, 11 de Septiembre del 2020

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