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A propósito del conflicto político actual y la ilusión del Apruebo-Rechazo


Para nadie es una sorpresa que la política de esta anoréxica franja territorial, desde octubre del año pasado se ha tornado agitada y efervescente. Como si estuviéramos en una ineludible autopista donde las ideas y posturas se han cristalizado en dos palabras que se incrustan en nuestra historia política, como la gema de la mente en la frente de Visión, nos movemos entre el Apruebo y el Rechazo.

La formación de estas dos posturas, que acarrean dos pequeños tecnicismos que resultan claves para la ejecución del posible proceso constituyente (Convención mixta o Convención constituyente) no son la única arista de esta compleja figura geométrica de conflicto y confrontación social en nuestro país.

La diferencia entre ideas y proyectos políticos, que irremediablemente en el contexto actual también atañe a los valores y la ética que promueve nuestra sociedad, se ha tornado mas visible, como una bruma que algunos consideraban extinta, pero que siempre estuvo ahí. Y es que este pequeño paisaje en venta también se compro la idea de Francis Fukuyama y el Fin de la Historia, el monologo capitalista, donde ya no hay proyectos alternativos reales, donde ya no hay formas distintas que pensar, donde triunfa lo que Mark Fisher ha denominado “el capitalismo realista”.

Me resulta muy frecuente el escuchar colegas y uno que otro experto de corbata decir que la idea de “izquierda y derecha” esta obsoleta. Que no hay una identificación de los jóvenes con estas palabras, pues no hay un nexo firme si no mas bien, una enorme distancia con los partidos políticos de dichas direcciones ideológicas. El fin de las colectividades y el inicio de la suma de individuos. Esta especie de neutralidad política promovida por el modelo educativo, los planes de estudio inexistentes de formación ciudadana y el divorcio generado con la “alegría que nunca llego”, calaron hondo, pero no fueron suficiente. El estallido social es la máxima expresión de que, en este paraíso perdido, la política existe. No esa que se cocina en salones del congreso y reuniones de partido, sino aquella de ideas, valores, posiciones éticas y necesidades que explotaron en una lluvia de consignas, repletando nuestro imaginario colectivo de iconos e imágenes.

Como sociedad nos introducimos en una especie de centrifuga, un plano al estilo de Interestellar, donde el tiempo del aprendizaje y dialogo político se ha acelerado, generando una verdadera academia colectiva de formación ciudadana multidimensional. En este escenario, resultan útiles las categorías de izquierda y derecha, no como únicas participantes, pero si como conceptos útiles a la hora de buscar una identificación ética-política. Con esto no quiero decir que todas “las izquierdas” o “las derechas” piensan igual, pero tal como señala Norberto Bobbio, podríamos a grande y simples rasgos señalar que aquellos o aquellas de izquierda valoran mas la igualdad que el desarrollo y la democracia mas que el orden. Por otra parte, la derecha tiende a dar primacía al desarrollo por sobre la igualdad y al orden por sobre la democracia.

Me parece fundamental el reconocer la diferencia ideológica que se esta dando en nuestra sociedad y que se esta agudizando con el proceso democrático de octubre. En general el conflicto no es solo por un cambio constitucional, sino mas bien, por la estructura hegemónica que forma las pautas culturales y sociales. Aquello que consideramos como “orden natural” o “sentido común” no es mas que el resultado de prácticas hegemónicas sedimentadas, posible por la exclusión de otras posibilidades.

El proceso político y de conflicto que estamos viviendo ha sido sostenido en parte gracias a las redes sociales. Su poder e insistente permanencia ha generado también una cyberrealidad que excluye el conflicto en su pantalla principal, creando un mundo donde todos y todas aprobamos o en el caso contrario, todos y todas rechazamos. El documental “el dilema de las redes sociales” demuestra cabalmente esta construcción ficticia y cómoda de un entorno que paradojalmente, quiere y lucha por lo mismo que tú. Lamentablemente esta realidad algorítmica lleva a muchos y muchas ha tener planteamientos de sus ideas con un carácter totalitario, como si no existiera un otro que, por verse minimizado en esa ciberrealidad, se torna casi imposible de concebir. Esta situación invita a no dialogar con ese otro, pues no lo veo en mi tejido virtual y por lo mismo, creo una imagen de él desde el confort de mi experiencia.

Tanto esta naturaleza ilusoria de las redes sociales junto con el abandono a las categorías de pensamiento político han sido un obstáculo a la hora de promover y evidenciar en el dialogo el conflicto. Y es que el conflicto es el motor de la democracia. En otras palabras, la confrontación política, lejos de ser un peligro para la democracia, es realmente, la condición misma de su existencia. El pensar que con el apruebo o el rechazo llegaremos a un consenso general, o que, en alguna etapa política idílica, estableceremos un acuerdo transversal que nos deje a todos y todas contentos, no es mas que una ilusión imposible. La identidad no es algo acabado, esta siempre construyéndose, no hay identidades esenciales, sino mas bien, formas de identificación. Estas construcciones se realizan siempre en un ideal de nosotros/as, de una pertenencia que se formula en la diferencia con un ellos/as. Este proceso es relacional, donde existimos en función de la percepción de una exterioridad diferente. En consecuencia, en una democracia el conflicto se constituye como el motor principal, donde existirá una lucha por el control hegemónico sin final. El problema es que, en nuestro contexto, dada esta separación algorítmica impenetrable las posturas por el apruebo o el rechazo se han construido viendo al otro como un enemigo. Y acá no hay una visión pacífica del conflicto político, sino mas bien, me sumo a las ideas y palabras del cantautor anarquista español Chicho Sanchez Ferlosio:

“Uno no espera una respuesta agresiva por parte del adversario, sino una respuesta racional y eso es lo que todos deseamos…es que el enemigo es muy burro, en el sentido que uno pretende no acorralar nunca al adversario, porque uno tiene la esperanza de que deje de serlo de alguna forma”

Por lo mismo, resulta mucho mas necesario el construir un escenario del conflicto entre adversarios, mas que entre enemigos. Tal como menciona Chantal Mouffe, la confrontación es real y concreta, solo que se desarrolla bajo condiciones reguladas por un conjunto de procedimientos democráticos aceptados por ambos adversarios. Para el caso nacional que tenemos entre manos ¿Acaso el proceso constituyente no es en sí, una instancia política para construir un escenario de conflicto con reglas establecidas por todos y todas las participantes? Me cuesta entender la opción rechazo en esta dirección, pues aquellos que abogan por ideas de corte liberal o de derecha, también formaran parte del conglomerado constituyente, donde aportaran sus ideas y defenderán sus principios. Es más, veo una posibilidad, pues pueden participar en un proceso de construcción de país y escenario democrático desligándose de la herencia dictatorial. No veo el porque rechazar, entendiendo que estamos ad portas de construir un espacio donde ciudadanos de derechas y de izquierdas engendraran un hibrido que para nacer, deberá volver a pasar por un proceso plebiscitario. Por lo mismo la democracia no mejora con un consenso general y derrotar al jefe de la etapa que en este caso seria la constitución de 1980. Es un paso necesario y fundamental, pero no puede ser concebida como el final feliz de un pequeño gran desacuerdo.

Matías Martínez Morales, 8 de Octubre 2020.   


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