Las mañanas no parten
corriendo para llegar a la hora a mi trabajo. Mi oficio se realiza en
este contexto, de manera remota. Un privilegio para algunos. La casa comienza a
funcionar temprano, las sesiones virtuales parten a primera hora y la cámara debe
estar encendida. Rutina de preparar café y dejar sonando de manera leve pero
persistente la televisión, donde los matinales son la “novedosa” apuesta. Ahí
están, en una especie de collage, hablando de lo mal que lo hacen y la mierda
que ni siquiera han olfateado de cerca. Reporteros incognitos en mascarilla
salen a la calle, donde no hay políticos. Las preguntas que le hacen a las
personas de la calle carecen de la profundidad de las realizadas al panel. Es
que es un panel de expertos y la calle es donde ocurre lo malo, la infracción a
la norma sanitaria, la ignorancia, la violencia y la falta de compromiso.
Entre juicios, disculpas y
declaraciones que forman parte del festín, aquella mañana transmitieron las
largas filas para pagar el permiso de circulación. Por ahí uno dijo que pagamos
un permiso que no podemos usar, por ahí otro dijo que como era posible siendo
que el trámite podía realizarse de manera online.
La sesión remota está a punto
de comenzar, el café sigue muy caliente y en mi cabeza aún da vueltas la larga
fila. Es que la he visto antes, la he visto en diferentes tramites en pandemia,
la he visto en el supermercado y en el comercio. La he visto en la pantalla, en
la calle y en la cotidianeidad. “Pero si ahora todo es online”. Los
niños se conectan, hola tío, wena profe, buenos días profe. No todos se
conectan. Algunos nunca lo han hecho. Algunos no tienen internet. Me siento
parte de un engranaje asqueroso que perpetúa la desigualdad. Comienza la clase.
Aquella que me quede preparando hasta tarde, pateando la perra porque los megas
son limitados y no puedo agotarlos, porque mi computador antiguo no da
respuesta a las necesidades. Pero por sobre todo, me molesta el tener que sacar
de mi roñoso bolsillo los recursos para hacer posible aquellos que algunos de
terno y corbata llaman "La educación online en Chile". Y me pregunto porque hago
esto, porque permito que ahorren millones mientras yo acá limito mis recursos
para dar respuesta a una necesidad de la cual no soy responsable. Todo se acaba
con el “buenos días profe”, es verdad. Tempranito a la casa de la
vecina, sentado cerca del metro o en condiciones espaciales deprimentes, ahí
están. Los estudiantes pobres. Ahí están, sabiendo que todo esta en su contra,
ahí están.
La clase termina. Pienso en
todo lo que debo hacer para el colegio. Me pidieron hacer pruebas y me entere
que debo tener un mouse. Nuevo gasto. Paradójico para una “profesión” de las
peores remuneradas en el país. Sigo pensando en la fila de la muni. Sigo
pensando en que en Chile existen cerca de 27 millones de celulares. Que en las
casas de material inestable se puede ver la pantalla plana y que hace una
semana, autoridades de gobierno decían que todas las ferias de Chile tenían
servicio de delivery. Hasta asumir el concepto en el idioma gringo me da
asco. Y pienso en todas esas imágenes que nos mostraron, donde somos los
jaguares de Latinoamérica. Donde Santiago es una metrópoli que tiene todo para
estar en el podio de la modernización. Pero si somos tan modernos, todos tienen
teléfono. El acceso al internet esta en 9 de cada 10 hogares según la
subsecretaria de telecomunicaciones. Debe ser por eso que los niños del norte
deben ir a los cerros a conectarse. Debe ser por esta hermosa modernización que
los niños del sur caminan kilómetros para tomar una señal. Debe ser por esta
modernidad que los niños no se conectaron hoy, ni ayer, ni el año pasado. El
internet en el teléfono no es sinónimo de habilidades digitales. Los recursos tecnológicos como computador son escasos y rotativos. Zonas rojas donde la compañía telefónica considera que no hay rentabilidad, por lo cual, no entrega cobertura. El modo de
acceso NO da lo mismo, es evidente. Las brechas digitales son abismales. Para que ahondar en que aquella "modernización" esconde la oscura cara del sobreendeudamiento. Teléfonos ultimo modelo para personas que no saben mandar un correo. El acceso a la modernidad sale 36 cuotas. Y apúrate que el otro año sale el otro modelo.
Todo indica que nuestro país
es el de las filas, el del poco manejo tecnológico, el de analfabetos
digitales, el Chile que cuenta con un 10% de adultos mayores que no han tenido
ningún apoyo tecnológico en estos tiempos de pandemia. Bueno se supone que una
iniciativa solidaria liderada por Don Corleone iba a solucionar esto. Guiño,
guiño.
Asumir lo que somos. Una
modernización de plumavit, como cuando de chicos cortábamos imágenes del catálogo
tecnológico y los uníamos a un cartón, para “hacerlo mas real”. Esa es nuestra
modernización, falsa, superficial y por sobre todo desigual.
Matías Martínez
Morales, 2 de abril 2021
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