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Y ese mar que tranquila te bañas ¿te promete futuro esplendor?



Cuando llegamos a esta playa poco y nada sabíamos sobre ella. Casas en construcción, caminos de tierra y una amplia costa que amplifica el sonido de las olas. La Ballena es una belleza natural que ejerce una profunda sensación de atracción y complicidad. Los años y el recorrido me hicieron conocer la historia mas importante de este anónimo espacio. El mar y la profesora Marta Ugarte se encontraron aquí, donde hemos visto pasar las horas y los días. Colega querida, ¿es acaso este encuentro perpetuo una coincidencia? Siento tu nobleza golpear la superficie desde los infinitos horizontes oceánicos, un cordón de rocas de todos los tamaños y formas constituye la primera línea frente al violento oleaje, esas mismas rocas que cobijaron tu cuerpo torturado.

El mar se presenta en este lugar como un sonoro instrumental incansable. La memoria es porfiada y lleva años enraizándose en este llamado jardín del edén, como un espino que se ve seco y muerto, pero que esconde unas profundas raíces que le permiten mantenerse en pie. Me encuentro con una placa grande frente al mar en plena plaza de La Ballena. Se ve oficial y anaranjada por el susurro del mar, nos recuerda que Marta, colega y modista, marco en estas costas la vida con la muerte.

Entre 400 y 500 personas fueron lanzadas al mar en operaciones clandestinas por la policía secreta de la dictadura cívico – militar chilena entre 1974 y 1978. No estoy queriendo decir que esta cifra contabiliza el total de los hundidos en las profundidades del mar durante los 17 años de horror, solo hablo de cuatro largos años. ¿Y ese mar que tranquilo te baña? Pienso en este lugar en la década del 70 y solo me viene a la cabeza el silencio, el mismo que percibo ahora y da paso al rugir del gigante azul. Me imagino como se quiebra la ausencia con los helicópteros Puma cruzar el cielo durante distintas madrugadas con la luna como testigo. Miro hacia el cielo repleto de estrellas que caen como agujas sobre nuestras cabezas y me siento un tonto. ¿Cuántas señales tenían que pasar para encontrarme contigo, Marta? Estuviste detenida en Villa Grimaldi, en la torre que tantas veces recorrí, hablando de memoria, de tortura y de dolor. Conmocionado por la pena de esas miradas jóvenes ¿Cuánto debía pasar para memorizar tu nombre, Marta Ugarte?

La herida de la dictadura fue como una patología genética en mi familia. Cruzo para bien o mal mi vida de tal manera, que definió mi función social en el presente tímidamente distopico. Veo los mismos sacos que veo en la feria los domingos, sucios y enfilados. Veo el infame final del sueño del tren en nuestro país. Siento el olor del hierro húmedo en el ambiente. Los rieles que conectaban nuestras provincias tienen como destino una danza eterna en las profundidades de nuestro mar con una victima mas de la violencia que tanto relativizan hoy algunos y algunas. Miro hacia abajo y distingo tobillos morados y torcidos, pantorrillas y pies, tacones altos y bajos. Un par de zapatos negros y unas zapatillas de lona blancas. Algunos sacos muestran manchas y otros más pequeños, no tienen la forma que debieran. ¿Cuál es la forma que debieran? ¿Qué forma debería tener un saco de papas, el de un cuerpo humano inerte y frio?

El sonido de las olas rompió el denso silencio de 1976. Miro como estalla la fuerza del agua en las rocas atrincheradas del paisaje y te pienso como a cada victima que resiste el olvido. Te veo en los cactus que forman pequeñas comunidades en las irregularidades de las macroformas que te dieron la bienvenida mucho antes que nosotros llegáramos. Te pienso como profesora en el patio de una escuelita, pensando en las necesidades de Luchito y las carencias de la Sofi. Tu cuerpo desnudo evidenciaba claras muestras de tortura. Un martirio que viviste en tus últimos días, pero que a pesar de él, formaste parte de una narrativa redentora, que desde la oscuridad proyectaste esperanza, negando la tragedia sin sentido de tu final. Tu brazo estaba desgarrado aparentemente por un corvo, te faltaban uñas y te habían cortado la lengua. Tu columna la quebraron, reventaron tu hígado y luxaron tus hombros y cadera. Tenias 43 años Marta. La maquinaria destructiva de nuestra humanidad levantada y mantenida por los torturadores cobardes y traidores de su prójimo había cesado para ti, aparentemente.

Te inyectaron en el brazo derecho y tu ultimo descanso fue en un saco sucio de papas. El vuelo quebraba la tranquilidad de esa noche y como un ultimo acto de resistencia, despertaste. Tu voluntad indomable sorprendió a los culpables. Tu cuello se enrojeció con el alambre con el que lo rodearon. Te ahogaste y fuiste lanzada.

En la playa de La Ballena hay un sendero costero donde se encuentra otro memorial que lleva tu nombre. Este se ve menos oficial, es una placa informativa y una estructura en el suelo hecha de rocas y madera. Conchitas de muchos colores te rodean y me hace pensar que muchos han aportado a esta sencilla belleza. Me gusta pasar por aquí y detenerme frente a tu nombre. Respiro hondo y mi mirada se pierde en el azul violento. Viniste del mar. Tu cuerpo semi desnudo posado sobre las rocas fue la única falla en el sistema de exterminio. Tu, Marta, fuiste la única que apareció. La que llego a un trato con el mar y en conjunto dieron una estocada al monstruo que todavía atormenta nuestros sueños de un mejor país. Tu resistencia fue la voz de quienes se hundieron en el fondo de nuestro océano. Un ultimo suspiro que me hace verte aquí, resistir hasta el final. Como las estrellas que caen sobre nuestras cabezas.

 


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